Correr el Rútile

 

 

          Hay  espectáculos  en nuestro pueblo de La Cabeza de  Béjar, en los cuales se advierte la acción de “correr”,  que son más o menos comunes   a  los que se celebran también en otros pueblos.  Hablo, por ejemplo,  de “correr los toros” o de “ correr los gallos”. Paro hay otros,   recuerdo ahora de dos,  que me parece que solamente se celebran ( o se celebraban) en nuestro pueblo.  Me refiero al hecho de “correr la era” a principios de verano; o al de “correr el  Rútile” por Enero, ya bien entrado el invierno.

          De momento me refiero a este segundo. Rútile,  de origen árabe,  tiene alguna referencia con los espíritus o el mundo del más allá. En nuestro pueblo queda el Castillo, al que en alguna de nuestras crónicas se le conoce como Castillo de Moros. Si moros o árabes anduvieron por nuestras tierras, no es de extrañar que nos dejaran también alguna  de sus costumbres. 

          Una sería ésta:  la de  “correr el rútile”  al anochecer de uno de esos días  de puro invierno, cuando   asomaba la escarcha o en ocasiones  estaba a punto de nevar. Noche oscura, pues las luces del pueblo no daban entonces para más,  cuando se echaba  “la pastura”  a las vacas a la luz de los candiles y   la gente se  arrimaba a la lumbre o al brasero  entre rezos de rosario y cuentos que se decían a los niños.

          Era en ese momento,  cuando una vez al año, a las primeras sombras de la noche, nos reuníamos los muchachos del pueblo  en la plaza de la Casa Concejo, frente a San Roque, para cumplir con  una costumbre que venía ya de muchos años. Cada uno llevábamos un “changarro” o cencerro, que nos atábamos  con el cinto o con unas cuerdas a la  espalda de la cintura , y cuyo ruido  desacompasado y desapacible hacíamos que, dando saltos o  a grandes zancadas,  retumbara  por  todo el pueblo.

          Se iniciaba después la caravana. Uno a uno o de dos en dos salíamos todos de la plaza, buscando las afueras del pueblo. Bajábamos hasta el “pozón”, entre gritos y zumbidos de los cencerros;  tocando las paredes de los “praos”, seguíamos  por el camino de la iglesia. Dejábamos  a ésta y al cementerio en la penumbra   y torcíamos  por la calle-camino que bordeaba el pueblo por la ladera norte. Haciendo retumbar cada vez más los cencerros y  con no poca fatiga, siempre a  paso de marcha, llegábamos hasta la casa, ya fronteriza, de tía Andrea. Bajábamos por vericuetos hasta llegar a la  carretera,   tocando ya la era; y desde aquí nos volvíamos a la plaza. Con los gritos que dábamos, el sonsonete trepidante de los cencerros y  con la algazara  y la satisfacción de haber cumplido con un rito milenario, buscábamos algo de leña, algún “forro” de espinos y todo lo que  pudiera quemarse y hacíamos una fogata en la plaza, que resplandecía  más mientras más eran las sombras que  nos rodeaban.

         
  Con el fuego y el duro golpear de los cencerros, se habían echado a los malos espíritus del pueblo y éste quedaba purificado por el fuego, al menos hasta que se repitiera  otra vez la ceremonia al siguiente año. Era por el mes de Enero. No faltaría mucho para que llegaran los carnavales y después de los carnavales, el nuevo “lavado” de la Cuaresma.

                    Francisco Martín Hernández